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Música Clásica y ópera de Classissima

Franz Schubert

lunes 20 de febrero de 2017


Pablo, la música en Siana

18 de febrero

La Ortodoxia rusa

Pablo, la música en SianaViernes 17 de febrero, 20:30 horas. San Isidoro el Real, Oviedo: XII Ciclo de Música Sacra Alfredo de la Roza. Doros: "Música Ortodoxa de la Catedral de San Basilio, Moscú". Doros: Vruyr Ananikyan, tenor - Aleksandr Gorbatov, tenor - Aleksandr Kamyshintcev, barítono - Konstantin Senchenko, bajo-barítono - Bekseit Ryspaev, bajo. El ciclo que homenajea a Don Alfredo de la Roza ha cambiado noviembre por febrero pero sigue contando con el apoyo popular volviendo a registrarse un lleno histórico ocupando totalmente el templo desde media hora antes del concierto del quinteto vocal Doros. Dos partes de música coral rusa de distintas épocas y estilos pero cercanos al oído por tratarse de obras bien armonizadas diría que académicas, para mostrarnos la calidad de los componentes tanto individualmente, con solos de los cuatro, especialmente presente el barítono Aleksandr Kamyshintcev (mientras el bajo Ryspaev lo haría en la segunda de las propinas) bien situados en el programa, como del quinteto capaz de cantar imprimiendo emoción y calidad llena de excelencias, amplios reguladores, matices variados, emisión clara y cuantos calificativos vocales queramos añadir. La gama de dinámicas bien trabajada según la partitura dejaba pianísimos impactantes perfectamente audibles en una iglesia de acústica apropiada y los fortísimos modulados sin perder nunca un sonido compacto, afinado, con un bajo profundo verdadero sustento de las variadas obras ofrecidas por los moscovitas, profesionales de la música y embajadores de sus compositores, muchos desconocidos pero con tanto oficio como sus intérpretes. Armonizaciones para un quinteto de voces graves que destacaron la religiosidad de melodías y textos (sin traducir pero avanzados por los títulos de salmos y plegarias ortodoxas) salpicados por otras populares desde la sacralidad como los Doce ladrones, una balada rusa que aquí en Asturias se ha conocido por agrupaciones similares desde el Peregrino de la noche (Jaroff). Repaso histórico de obras anónimas junto a compositores desde el barroco de Deletsky, el clasicismo del italiano Sárti, Bortnyantsky o Degtyaréff, a la plenitud coral del XIX con Arkhangelski y el más cercano siglo XX con Khristov también famoso cantante búlgaro, o Tchesnokoff, el más presente dentro del programa, todos buenos conocedores de los recursos vocales al servicio del culto, la herencia europea con toques tradicionales rusos desde la tonalidad occidental para melodías que siguen sonando cercanas pese a la distancia geográfica. Como decía, unos solistas de hermoso timbre y grandes recursos bien arropados por el cuarteto para obras de herencia occidental en cuanto a su composición, y quintetos de empaque que gustaron al respetable, sonido increíble que cerrando los ojos presumía mayor número de componentes, verdaderos profesionales del canto coral. Tras agradecer la acogida, tres propinas con dos populares y una armonización del conocido Ave María de Schubert en latín, nuevamente permitieron disfrutar de la voz solista de Gorbatov, uno de los dos tenores, el más matizado y con timbre ideal para lo sacro, finalizando a las diez de la noche este segundo concierto del ciclo antes de la clausura el próximo viernes con la Escolanía San Salvador organizadora de esta cita imperdible con mucho apoyo popular, que este año incorpora conferencias y mesas redondas sobre la figura del querido y siempre recordado Don Alfredo. PROGRAMA:PRIMERA PARTEEl canto de los Querubines (Serbia)Canto sobre la Natividad de CristoAleksandr Arkhangelski (1846-1924)Salmo 20Dmitri Bortnyantsky (1751-1825)Mi alma pecadora (Poesía sacra del norte de Rusia)Glorificación de Dios (Salmo) Nikolay Deletsky (1630-1681)En tu Reino de la bienaventuranzaBóris Khristov (1914-1993)Canto de PascuaPavel Tchesnokoff (1877-1944)Señor, escucha mi plegariaPavel Tchesnokoff (1877-1944)El Señor está elevadoStepán Degtyaréff (1766-1813)Amor santoGeorgy SvirìdoffSEGUNDA PARTEConcierto de NavidadStepán Degtyaréff (1766-1813)Nuestro PadreNikolay Kèdroff, padre¿Por qué me has abandonado?Georgy RùtoffCanto consagrado al icono de la Virgen de KazanPavel Tchesnokoff (1877-1944)Canto de PascuaPavel Tchesnokoff (1877-1944)La cenaAleksandr LvoffCanto de PascuaGiuseppe Sárti (1729-1802)Doce ladrones (Balada rusa sacra)En memoria eterna del justoNikolay Kedróff, hijoVeré los rápidos del río (Canción popular rusa) arr, Victor Popov.

Pablo, la música en Siana

15 de febrero

Planeta Sokolov

Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano "Luis G. Iberni". Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín. Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era "San Sokolov" y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y "la fiesta". Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y "obligándome a posponer" esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez "despachado" lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, Rameau o Debussy. Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del "sonido Sokolov" habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: "La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio". Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada "sonata semplice" que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente "fácil" por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando "la doble barra con los dos puntos" porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo... todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que "constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785") y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso... Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el "último Mozart" y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el "Planeta Sokolov" donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: "con vitalidad y completo sentimiento y expresividad" para el primero y "no demasiado rápido y cantable" el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el "programa programático" que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano. Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una "tercera parte" impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción... a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov. ProgramaPrimera parteW. A. Mozart (1756-1791):-Sonata en do mayor, K. 545:  I. Allegro II. Andante III. Rondo. Allegretto. -Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:
Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegro II. Adagio III. Allegro assai.Segunda parteL. van Beethoven (1770-1827):-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).-Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso - Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile. P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febrero; Andrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de "tocar de memoria"...




Pablo, la música en Siana

6 de febrero

Mahler: bendita profana religiosidad

Domingo 5 de febrero, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta de la Suisse Romande, Jonathan Nott (director). Obras de Schubert y Mahler. Una orquesta legendaria y con mucha historia junto a un director ya titular de la misma, al que llevo años siguiendo, con un programa imperdible dieron lugar a un concierto para recordar. Oviedo sigue en los circuitos internacionales y la llegaba a la capital asturiana totalmente rodada tras su paso por distintas capitales incluyendo Madrid en el ciclo de Ibermúsica (capitaneado por el inagotable Alfonso Aijón, hoy presente en el auditorio asturiano) con dos conciertos muy distintos. Jonathan Nott me encandiló hace ya siete años en este mismo ciclo, donde su "Primera de Mahler" ya marcó época, y me escapé a La Quincena (de nuevo con La Sinfónica de Bamberg) cual "cofrade mahleriano de la magnificencia" en un peregrinaje más allá de creencias religiosas plenamente profanas pero donde lo espiritual nunca es ajeno a las grandes páginas sinfónicas. La Sinfonía nº 5, D. 485 en si bemol mayor (Schubert) presentaba una plantilla algo más amplia de lo habitual, amén de versiones más o menos historicistas, pero en manos de Nott se portó camerística pese al número, puesto que el juego dinámico que ofrece esta formación con sede en Ginebra es tan amplio que los matices extremos parecen alcanzar una densidad impensable en un directo. Añadir la elección de unos tiempos reposados en su punto para disfrutar de una partitura llena de poesía musical, el llamado lirismo que Schubert entendió como pocos desde el campo de lied. Calidad desde la cantidad y una dirección clara, pausada, atenta a cada sección orquestal en el momento preciso con una batuta agarrada entre pulgar e índice para dejar libres tres dedos de su derecha tan independientes como las apariciones motívicas. La "colocación vienesa" con los contrabajos atrás a la izquierda ayudó todavía más en la percepción de una sinfonía bien entendida por el ya aclamado director británico. El Allegro rítmicamente marcado sin excesos, contención global pero contrastes dinámicos amplios precisamente por una plantilla capaz de esa rotundidad llena de matices sacados a la luz por el maestro Nott. El Andante con moto resultó de una delicadeza camerística ajustada en el aire y con intervenciones cálidas de una madera revestida de la grandeza que da la cuerda en la escritura del gran Schubert excepcionalmente "bien leída" desde el podio. El Menuetto. Allegro molto de nuevo admiró en la elección del tiempo, elegantemente bailable desde una aterciopelada cuerda con intervenciones de los solistas del viento dulces, presintiendo el gusto del metal para la segunda parte, y el "Trío" nuevamente cercano, literal por presencia y equilibrio, tributo y admiración beethoveniana, rítmica precisa en gesto y respuesta antes del fantástico Allegro vivace, más mozartiano que el penúltimo movimiento, en discurrir y musicalidad, limpieza en las notas rápidas independiente de las intensidades, fraseos generosos saboreando cada tema, cada motivo sacado a la luz con magisterio británico sobre esta orquesta internacional que aún madurez y juventud en un repertorio que no debe faltar. Y la esperada Sinfonía nº 1 en re mayor "Titán" (Mahler) de la que los malherianos coleccionamos decenas de versiones variadas, históricas, emocionantes, vibrantes, saboreadas, personales, prometedoras, aunque nada que ver nunca con el placer casi pecaminoso en la lujuria sonora del directo, una orquesta suiza de solera con la plantilla deseada, cuerda subyugante a partir de ocho contrabajos, una madera de lujo y sobre todo los metales más que nunca bronces por refulgentes, desde las trompetas fuera de escena lejanamente presentes y ese octeto de trompas con una magistral solista completados por el arpa (a la derecha tras los violines segundos) y una percusión (por supuesto con dos timbaleros) que redondearían los materiales disponibles para que el mahleriano Nott arrancase una "bendita Primera" capaz de transportarme a la Semana Santa malagueña por sentimientos, luz inigualable, noche mágica, religiosidad del pueblo profano capaz de lo humano y lo divino, conjugando fiesta y devoción como en pocos sitios he vivido, declararse ateos y vibrar con las imágenes de todas las cofradías, las "folclóricas" y las "íntimas", fervor y devoción. Como si Mahler uniese ambos mundos a lo largo de los cuatro movimientos, Nott resultó cual mayordomo de una "Cofradía del amantísimo Mahler de la magnificencia aristotélica y señor del sentir agnóstico", responsable de sacar de la partitura todo el sentir del compositor, hacerse entender y transcender al más allá que somos el público, magnificencia de grandeza más que ostentación. Fiel a lo esperado y estudiado, Nott volvió a apostar por el rigor, el Lento. Adormecido del amanecer matutino, íntimo desde el susurro de una cuerda que nadie pensaría en el número, unísonos madera y metal del instrumento ideal, desperezarse con el convencimiento de una larga jornada de lo terrenal a lo universal, ecos de trompetas y gorjeos de pájaros para arrancar la mañana que avanza lenta y segura hacia la plenitud, alegría y paso preciso, claro, despejado, equilibrado y siempre cantabile, melodías de siempre en nuestro subconsciente muy consciente "Mahler". Poderosamente agitado, pero no demasiado rápido, instrucciones precisas del incomprendido bohemio seguidas literalmente por el máximo cofrade Nott, aire cosmopolita, vienés y malagueño, luz después del mediodía con brisa mediterránea cual aire del Danubio, terciopelo del ropaje en los tronos y cirios que comienzan a iluminarse encendidos por la trompa que avisa de una tormenta floral antes del atardecer abrileño, jolgorio mezclado con nerviosismo y devoción. Marcha fúnebre: Solemne y medido, sin retardarse, la noche en procesión, dolor y canto popular, el paso seguro, la banda de música ayudando al viaje interior y el recogimiento en la calle roto por el espacio entre los tronos, un Mahler diría que malagueño universal (con perdón de los bohemios), el oboe cual saeta en la reja y Nott ayudando al respiro preciso indicado con "martilleo de campana" antes de retomar el largo camino de peregrinación por los barrios, con pausa catedralicia obligada antes de recogerse en las casas madres. El tiempo de Mahler ha llegado para quedarse, con toses cual castigo o tentación y hasta el silbido de teléfono no enmudecido al que el dios supremo castigará con el fuego eterno de la sordera. El rubato de Nott para conjugar los dos mundos y el balanceo que da vida a unas imágenes que rompen cualquier iconoclasta, el arpa profética de "la Quinta", el coro celeste de maderas, manto floral de los violines y la visión global hecha sonido orquestal con todos los aromas posibles. Atormentado. Agitado, la recta final de la noche, las dudas morales, el dilema por querer creer en algo supremo, las interrogantes vitales con auténtico tormento y agitación desde todas las intensidades imaginables dictadas por un Nott todopoderoso al que la Suisse Romande responde como un todo, poderosa, voluptuosa por momentos, limpia noche y estrellada de vientos racheados, desgarros en cuerda, corazonadas en timbales, tormentas metálicas de truenos y relámpagos interiores, la batalla de luces y sombras que se disipan con las luces de un alba inalcanzable por momentos antes del remanso tras el desasosiego, el triunfo de la vida hecha sinfonía... (y Mahler seguiría explorando). Imágenes sonoras, viajes espaciotemporales e interiores, misticismo musical de un Mahler cada vez más adorado y entendido en un mundo incomprensible, buscando el universo desde lo singular y complejo del mundo sinfónico. Domingo de Gloria antes de las carnestolendas y la Cuaresma, porque el calendario musical se rige por el universo de Mahler.



Ya nos queda un día menos

13 de enero

Brendel hace Schubert en el Middle Temple

El Middle Temple es uno de los lugares más deliciosos de Londres, tanto por la umbría plaza como por el gran salón del edificio donde tiene su sede la institución –una de las cuatro célebres Inns of Court– del mismo nombre. Allí dentro, en enero de 1988, tuvo Humphrey Burton la oportunidad de filmar a Alfred Brendel interpretando una de las piezas angulares de su repertorio, y también uno de los grandes trípticos de todas la literatura para piano: las tres últimas sonatas de Franz Schubert. Las cámaras realizaron una labor muy notable, todo lo sobria y elegante que la ocasión reclama, aunque con tecnología televisiva alejada de los estándares de la alta definición actual. En cualquier caso, es un valor añadido a la hora de disfrutar de estas versiones. O de hacerlo solo a medias, porque lo cierto es que se quedan un tanto a mitad de camino. Defrauda seriamente la D. 958 en su primer movimiento, más bien plano, apagado y rutinario: típico Brendel timorato que confunde elegancia con sosería y equilibrio con distanciamiento. En el segundo plantea las tensiones de manera más interesantes, aunque siempre permanece ajeno a conflictos y apuesta por la visión apolínea de la pieza en él esperable. Muy bien los dos últimos, ágiles, elegantes y espiritosos, mas no triviales y siempre de elevada musicalidad. Algo parecido ocurre con la Sonata D. 959. En el Allegro inicial nos encontramos ante el Brendel más aburrido y superficial, ofreciéndonos una recreación hermosa en la superficie pero sin la menor garra dramática, ajena a cualquier tipo de tensión interna. Funciona muchísimo mejor el Andantino, con cuya poesía íntima y desolada sí parece conectar el maestro, hasta el punto de que llega a ofrecer unos acentos muy lacerantes pese a que su enfoque sigue siendo apolíneo. Y muy bien, siempre de esta misma visión, los dos últimos movimientos, planteados con naturalidad y elegancia, ya que no con muchas aristas ni interés por los claroscuros. Como en su anterior grabación en audio para Philips aquí comentada, la monumental Sonata D. 960  recibe una bellísima interpretación, maravillosamente cantada y dicha con un gusto exquisito, dotada de su adecuado punto de amargor –segundo movimiento–, pero no muy interesada por los aspectos más dramáticos de la página, que quedan un tanto desdibujados por culpa de la voluntad del pianista austríaco de renunciar a los contrastes tanto sonoros como expresivos; en este sentido, y como ocurría en las otras dos sonatas, el primer movimiento se queda un tanto en la superficie a pesar de estar muy bien hilado. Puro Brendel, en definitiva.

Franz Schubert
(1797 – 1828)

Franz Peter Schubert (31 de enero de 1797 - 19 de noviembre de 1828) fue un compositor austríaco, considerado uno de los continuadores del Romanticismo musical, iniciado por Ludwig van Beethoven. Fue un gran compositor de lieder (breves composiciones para voz y piano, antecesor de la moderna canción), así como de música para piano, de cámara y orquestal.



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